La mayoría de los calendarios de la historia humana empezaron mirando la Luna, no el Sol. La razón es simple: la Luna cambia de cara todos los días y cualquiera puede seguirla sin instrumento. El Sol sale y se pone más o menos en el mismo lugar todo el año, así que detectar su movimiento anual exige medición cuidadosa. La Luna entrega el ritmo gratis, en el cielo, a la vista.